Si hablo tanto es con la ilusión de que mis palabras ocupen el espacio de los pensamientos que te perturban y así regalarte un poco de calma. Siento un impulso de cuidarte, protegerte, abrazar tu mente con mi alma y poder garantizarte que todo estará bien. Lo más extraño es la falta de esa necesidad de posesión que acompaña al deseo de estar con alguien... es como cuando ves una ardilla en un árbol: la observas, te alegra, te conmueve y te gusta saber que existe y que tienes la posibilidad de compartir el mundo con ella, pero no haces el más mínimo intento de atraparla.
Durante tanto tiempo me resistí a leer, escribir y trazar líneas que me recordaran cómo se usa eso que llaman corazón. Sin embargo, heme aquí una vez más frente al teclado intentando convertir emociones en palabras, dejando salir pero conteniéndome al tiempo, expresando, pero con cierto recelo, ese ser de luz que sólo quiero que tus ojos lleguen algún día a ver.
Y así logro volver a mí, con el soundtrack de tu voz de miel y la imagen (que se nubla entre vago recuerdo y fantasía) de tus ojos de chocolate... definitivamente es imposible algo más dulce que eso, pero tan dulce como equilibrado, pues nunca llega a ser empalagoso.
Definitivamente uno tiene que saber rendirse, porque pelear contra el cariño es gastar energías en pegarle a una pared. Así que declaro mi batalla perdida: quererte cada día más es algo contra lo que no puedo luchar.

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